Santa Cruz florece

En este último día de septiembre, cuando amaina el tráfago de homenajes y controversias, conviene intentar una mirada serena sobre el desarrollo de Santa Cruz y su futuro.
Durante estas semanas se celebraron sus logros, pero también reaparecieron interpretaciones que atribuyen su éxito a tierras concedidas, créditos públicos, cooperación internacional y decisiones estatales favorables a determinados grupos.
Pero una sociedad no cabe en un balance parcial. Esos factores no invalidan el esfuerzo colectivo que hizo posible su transformación ni bastan para explicar la pujanza cruceña.
En menos de una vida humana, Santa Cruz de la Sierra dejó de ser aquel pueblo de calles de tierra y casas bajas, casi aislado del resto del país, para convertirse en una metrópoli. Los anillos que alguna vez parecieron marcar sus confines fueron rebasados por nuevos barrios. Las avenidas sustituyeron caminos y los edificios comenzaron a disputarle el horizonte a los árboles.
La ciudad en la que casi todos se conocían tuvo que aprender a convivir con el anonimato de las multitudes. La mancha urbana avanzó sobre áreas boscosas y dejó barrios con servicios insuficientes. La inseguridad encontró abiertas las puertas de una ciudad que no estaba preparada para enfrentarla. Santa Cruz creció con mayor rapidez que las instituciones encargadas de cuidarla.
La capital, sin embargo, es sólo el rostro más visible. Las provincias fueron decisivas. Desde el Norte Integrado hasta la Chiquitania y de los valles al Chaco, la agricultura y la ganadería dieron vida a poblados y abastecieron a la agroindustria. Algunos pueblos se convirtieron en ciudades y las zonas productivas atrajeron a familias que buscaban trabajo y un lugar donde arraigarse.
El campo sostuvo la expansión urbana, pero no fue solamente su proveedor. También formó sus propios centros de actividad y ensanchó el mercado departamental. La ciudad, a su vez, vinculó la producción rural con la industria y con mercados cada vez más amplios. Santa Cruz creció gracias a ese intercambio.
A mediados del siglo pasado, sólo uno de cada once bolivianos vivía en el departamento y su aporte económico rondaba la décima parte. Hoy es el más poblado y genera cerca de un tercio del producto nacional. De sus campos provienen tres cuartas partes de la producción agrícola y casi dos tercios de la pecuaria del país.
Las cifras impresionan, pero adquieren sentido cuando se observa a quienes están detrás de ellas. Detrás de cada hectárea cultivada y de cada empresa hay años de trabajo y familias que asumieron riesgos con la esperanza de salir adelante.
Como señaló José Luis Roca, el desarrollo cruceño fue producto de “una afortunada combinación de esfuerzo estatal e iniciativa privada”. Las carreteras y los ferrocarriles rompieron el aislamiento. Las tierras y los créditos crearon condiciones favorables. Pero esas condiciones no sustituyeron el trabajo. No cultivaron los campos ni convirtieron sus frutos en industria y mercados.
Santa Cruz supo aprovechar la infraestructura que el Estado fue creando, aunque resultara insuficiente. Y cuando el poder central no atendía sus necesidades, sus habitantes organizaron cooperativas para prestar servicios básicos y comunicaciones. No se limitaron a esperar. Buscaron la manera de resolver sus problemas.
Otra clave de su avance fue la capacidad de convertir dificultades en iniciativas. Productores, trabajadores, profesionales y emprendedores participaron en esa tarea. Entidades cívicas y líderes visionarios construyeron instituciones que todavía forman parte del patrimonio cruceño.
El desarrollo, como toda obra humana, es perfectible. Sus beneficios deben alcanzar a más personas. También es necesario combatir los favoritismos y evitar que el crecimiento siga comprometiendo el medioambiente. El éxito no consiste en ocultar las imperfecciones, sino en conservar la capacidad para corregirlas.
Pero la mayor obra cruceña acaso no sea material. Durante décadas, Santa Cruz ofreció a quienes nacieron aquí y a quienes llegaron desde otras tierras la posibilidad de construir un porvenir. Una familia podía levantar su casa y ofrecer a sus hijos un futuro mejor. El trabajador encontraba espacio para independizarse; el pequeño comerciante, para ampliar su negocio. No todos realizaron sus sueños, pero muchos encontraron la oportunidad de perseguirlos.
Esa posibilidad convirtió a Santa Cruz en destino de bolivianos procedentes de todos los departamentos y de personas nacidas en más de cien países. Muchos arribaron sin más fortuna que su tesón. Aquí echaron raíces y sus hijos se hicieron parte inseparable de Santa Cruz.
La identidad camba no se debilitó con esa mezcla. Se enriqueció. Sobre la raíz de los pueblos originarios se entrelazaron costumbres y acentos diferentes. Una de las mayores fortalezas de esta tierra feraz y bendecida es que quienes llegan para trabajar honradamente pueden integrarse sin renunciar a su origen.
Santa Cruz no debe ser contemplada con suspicacia ni sus logros convertidos en motivo de rivalidad regional. Su experiencia demuestra lo que puede alcanzarse cuando el trabajo encuentra oportunidades y la iniciativa privada dispone de libertad. No se trata de que Bolivia imite a Santa Cruz, sino de que cada región despliegue sus fortalezas y ofrezca a su gente razones para permanecer y construir allí su futuro.
Cierro este mes aniversario con mi homenaje a la Santa Cruz que hizo de la producción su vocación y de la integración su fuerza.
Porque Santa Cruz lleva en sus venas a Bolivia entera. Y cuando Santa Cruz florece, florece también Bolivia.
Columna de opinión: Por Johnny Nogales Viruez · Última actualización 01/10/2026
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