El poder en disputa

Publicado el 20 abr 26 - 12:00 AM UTC.
El poder en disputa
Foto: El poder en disputa

La primera vuelta dejó un mapa disperso, competitivo y sin mayorías claras en la mayoría de los departamentos. Sólo algunos casos se resolvieron de forma directa, mientras que cinco gobernaciones tuvieron que definirse en segunda vuelta.

Por: Johnny Nogales Viruez


El balotaje no fue un simple trámite. Fue, en los hechos, el mecanismo que terminó de ordenar una elección fragmentada.


La primera vuelta dejó un mapa disperso, competitivo y sin mayorías claras en la mayoría de los departamentos. Sólo algunos casos se resolvieron de forma directa, mientras que cinco gobernaciones tuvieron que definirse en segunda vuelta. Ese dato marca el tono de un sistema político que ya no se articula en torno a bloques dominantes, sino en múltiples expresiones territoriales.


El balotaje, en ese contexto, no repite la elección, la redefine. Consolida tendencias y otorga legitimidad más clara a quienes terminan imponiéndose. Santa Cruz es el caso más evidente. De una diferencia mínima en primera vuelta se pasó a un resultado contundente en segunda. Eso no sólo significa victoria electoral. Significa mandato político.


Ese resultado no nace en el vacío. Tiene una base previa. En Santa Cruz, esa base ya se había expresado en la elección nacional y la segunda vuelta la consolida. No hay ruptura, hay continuidad. Las elecciones no se repiten, pero sí dejan huellas.


Aun así, reducir la explicación a la aritmética electoral sería insuficiente.


Hay una señal de transición en el electorado. No es un rechazo a la política, pero sí a ciertas formas de hacer política. Se percibe cansancio frente a liderazgos tradicionales y una apertura hacia perfiles distintos, con menor carga histórica y una narrativa más orientada al futuro.


Destaca la irrupción del liderazgo femenino, expresado en dos gobernadoras y una vicegobernadora.


No es una ruptura generacional ni de género, es un desplazamiento gradual. Un electorado que empieza a moverse y a exigir otra forma de representación.


Ese cambio ocurre en un sistema desordenado. Al ampliar la mirada, aparece un mapa heterogéneo. Hay regiones donde persiste una identidad política clara, como Cochabamba u Oruro. Pero en gran parte del país predomina un voto más pragmático, centrado en liderazgo y gestión.


El resultado es un escenario fragmentado, con múltiples centros de poder territorial.


Ahí emerge, como problema de fondo, la fragilidad de los partidos. Existen, pero no estructuran el voto ni ordenan el sistema. La evidencia muestra liderazgos más fuertes que las organizaciones que los sostienen.


En ese vacío emergen nuevas figuras. Pero su proyección no se definirá en el discurso, sino en la gestión. Y es ahí donde empieza el verdadero desafío.


La mayoría de los gobernadores electos no contará con mayoría propia en sus Asambleas Departamentales. Ganaron la elección, pero no el poder pleno. La gobernabilidad estará condicionada desde el inicio.


A eso se suma el rol de los alcaldes. El nivel municipal tiene peso político propio y, en las principales ciudades, no hay alineamiento con las gobernaciones. El poder no sólo está fragmentado entre niveles. Está fragmentado dentro de cada nivel.


Pero todo esto converge en un punto crítico: los recursos. Lo que se abre ahora es una demanda inmediata de financiamiento. Gobernadores y alcaldes necesitan recursos para gestionar. Y los van a exigir.


Esa presión es inmediata y política. Y se dirigirá directamente al Gobierno central.


Aquí el escenario se vuelve más complejo. Esa demanda se combina dos factores: el ofrecimiento presidencial del 50-50 y la exigencia de autonomía, particularmente fuerte en regiones como Santa Cruz.


No son demandas aisladas. Son agendas que, al cruzarse, redefinen la relación entre el nivel central y los territorios.


El 50-50 tensiona las finanzas públicas. La autonomía exige competencias reales y recursos. Ambas presionan en dirección a descentralizar poder.


El problema es que descentralizar poder implica redistribuir recursos en un contexto de escasez. Ahí aparece el dilema central del Gobierno: si cede, compromete su estabilidad fiscal; si no cede, abre un frente de conflicto con autoridades que tienen legitimidad electoral reciente.


No hay salida sencilla.


El impacto de estas elecciones no es una pérdida inmediata de poder, pero sí una reducción del margen de maniobra. La negociación deja de ser una opción. Se convierte en una obligación.


Bolivia entra en una etapa de reordenamiento político sin un centro que ordene.


Las elecciones han definido a las autoridades.


Las Asambleas van a definir la gobernabilidad.


Y será la disputa por los recursos la que termine definiendo el poder.

Columna de opinión: Por Johnny Nogales Viruez · Última actualización 20/04/2026

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